jueves, 25 de septiembre de 2014

Dinámico

La brisa, una locura,
y el sinfín de lucecitas en el aire
que se deslizan,
bailan, suben, se sumergen.
Por fuera de la ventana
se ven los bordes,
prolijos, tallados,
amaestrados como el perrito de Fede.
Fede, el muchacho 
de la risa graciosa.
Él y su novia pasean,
cruzan la calle cantando,
se pellizcan cuando saben
que hoy es el día.
Todos lo saben,
todos lo miran,
pululan acicalados, muy paquetes.
Los árboles comentan
haciendo un sonido
parecido al viento.
Y las hojas.
Las hojas caídas
suben a barrer el cielo
y caen desprevenidas
sobre los cabellos de Juana.
Juana, la loca,
la bella, la imperfecta, 
grita y hace ademanes
mientras refracta su risa
como un eco
en las góndolas del viento.
Se aman, se entienden
los locos de la selva cósmica.
Cuando se ven de cerca
parece que tuvieran
las pieles unidas,
y además, en su sonrisa,
los dientes idénticos
la mueca torcida.
Pero hablan y no se escucha,
¿es mímica
o no tienen cuerdas?
Como una guitarra desafinada
que sabe que suena mal,
ellos no suenan y se ríen.
Van con su perro negro:
el perro es Juana
Juana es Fede
Fede es el perro
el perro es el mundo,
su mundo.
Un mundo para ellos,
lleno de botones, lana, cordones
y aquí y allá algunos colores,
pero pocos, no suficientes.
Se agarran de la mano,
siempre fuerte,
y se pellizcan cuando caminan
porque saben
que hoy es el día,
y parece que la vida
durara eternidades.
Es alevoso
que sobra un detalle,
se nota en su paso
demasiado fugaz.
Lo confirma un pájaro,
mira y se detiene. 
De arriba a abajo
giran sus ojos,
en silencio, suspiran. 
La mueca idéntica
los pelos revueltos,
el viento que sube, baja,
gira y se sumerge, 
se consume.
Cuando todo está quieto
se entiende
que no es un secreto,
que hoy es el día.
Fede se ríe gracioso,
Juana es bella y loca
¿Se aman?
Aman al perro
al mundo
a los árboles
y a las luces que bailan.
Llega en agua,
tapa sus pies
sus brazos
el pecho
la cara.
Se refriega contra ellos,
los limpia,
los perdona.
Los árboles susurran
que está todo dicho.
Es evidente,
la selva cósmica
cumple su ciclo,
ellos se despiden.
Y después baja
y vuelve a subir,
porque el agua limpia,
y los árboles miran
y las hojas participan.

Ahí viene la vida
y se va,
y nos lleva
cuando todavía no cerramos la ventana.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Círculos

La hoja virtual en blanco y el cursor titilando rítmicamente. En la mano llevo un pañuelo apretado y con la otra me levanto los anteojos desde el vértice de la nariz. Estoy sentada frente a la pantalla tocando las teclas de manera alterna.No, esto no es una novela, ni un cuento, ni un poema, ni un documento histórico, ni bla bla bla…   
Quizás te sorprendí un poco: venías fanatizado con historias fabulosas, brillantes, con giros estilísticos y dramas magnéticos; esto, de pronto, se vuelve un papel sucio, un archivo soso, un desecho producto de una descompostura gástrica.No importa cómo lo quieras clasificar, te vas a volver loco si seguís dádole la vuelta para ponerle una etiqueta. Esta acumulación de ideas la llamaré “cúmulo”; no sé en verdad por qué, quizás porque la palabra cúmulo me suena a algo desorganizado, tal vez anárquico y sin un motivo que lo rija. Entonces, este “cúmulo” será así: párrafos que se escriben solos, ideas que se conectan por sinapsis caprichosas, líneas vacías pero repletas de palabras.
Continúo: como dije, tengo un pañuelo en una mano, verde a rayas; con la otra me levanto los anteojos desde el centro del armazón. Y ese ritual se repite, mientras humedezco mis labios y pestañeo involuntariamente. Ahí al costado llega un mensaje de texto al celular con un ringtone patético, lo leo y lo dejo tirado porque siempre me olvido de responder.Mientras escribo otro párrafo sin sentido ya tengo casi la mitad de la hoja virtual rellena de pavadas. Pero más pavadas son las que pasan por mi cabeza y seguro que también por la tuya mientras leés estas frases y decís por dentro ¡qué hago leyendo esta idiotez!; pero a pesar de eso seguís, porque todos tenemos esa intriga medio masoquista de ver qué va a pasar más adelante, esa motivación medio riesgosa de seguir dando pasitos tímidos hasta pisar el palo que nos dé en la cara y comprobar lo que esperábamos o sorprendernos. Bueno, quizás no todos sean así; yo sí sufro de esa actitud neurótica que se repite de manera tan rutinaria como el parpadeo de mis ojos (quizás no tanto pero otra cosa que me gusta hacer cuando escribo pavadas es exagerar).
Habrás podido notar que las líneas avanzan en sentido circular, y se vuelve a la misma idea, se repiten los circuitos, parece como si tus ojos volvieran a posarse sobre la misma frase como cuando intentás estudiar y volvés a leer mil veces el mismo renglón porque estás desconcentrado. Como dije antes, esto es un texto que se escribe solo, que domina a todo lo demás y al parecer siente un regocijo por hacerte sufrir, por retenerte en un estado de euforia y ansiedad molestísimos. No es mi culpa, yo ya te lo había avisado; sin embargo creo que soy un poco cómplice en todo esto y te hago sufrir a vos porque yo también sufro, y más después de haber leído ese mensajito de texto.Continúo: aferro mis anteojos una vez más; ya tengo casi una hoja de puras pavadas pero ahora sí tengo ganas de agregar algo nuevo, mis manos están cansadas, tienen ganas de apretar otras teclas, de abrirse a sentir otras cosas y hasta están tentadas de mantener apretado el delete hasta que quede la hoja limpia de nuevo. Vacía.
 ¿Qué necesidad tenemos siempre de rellenar nuestra hoja de idioteces “acumuladas”, de frases con combinaciones de palabras raras las cuales al simple aspecto parece que ocultaran un misterio profundo pero que en realidad son vanalidades sin sentido? Vos llenaste tu cabeza con las palabras que yo puse frente a tus ojos, yo llené esta hoja con párrafos que escribieron mis manos, esta hoja se manchó de letras que vos leíste y que yo pensé y que mis manos tipearon, pero sin embargo no aprendimos nada; ni vos, ni yo, ni mis manos, ni la hoja, ninguno de nosotros aprendió nada, seguimos siendo lo mismo que antes pero con un estorbo de palabras que nos agitan innecesariamente. Por eso ahora, de pronto, aparece esa necesidad de borrar todo, de escapar. Porque te sentís ahogado, abrumado por tantos renglones arbitrarios, por formalidades vacuas; estás aburrido del palabrerío, y te ponés fóbico, querés apretar DELETE, y FIN. ¿No te dás cuenta acaso que no ganás nada? Vas a borrar todo y pensás que con eso se acabarán tus problemas; o sino vas a dejar todo esto escrito, poner tu firma y pasar a otra hoja limpia para no abrumarte más: ésta sólo va a quedar como un recuerdo, quizás como un error del que te arrepentiste, quizás como una experiencia cómica, quizás como un motivo de orgullo. De cualquier manera, vas a dejar de escribir y vas a empezar de nuevo, otra vez al punto cero, a o mismo, al igual que este texto que se escribe solo vuelve a la misma imagen del pañuelo y los anteojos. 
Quizás sea entonces que esa forma de lectura circular sí fue voluntaria, creada a propósito por tu conciencia, para que vuelvas a lo mismo y te encuentres cara a cara con esa rutina que te oprime pero que aceptas tranquilamente todo el tiempo, incansablemente. Creo así que esto debería dejar de llamarse cúmulo y denominarse “círculo”, tan simple como eso: por fuera, sus líneas, sigan una dirección o la contraria, vuelven siempre al mismo punto; parece que encerraran algo adentro, pero no se trata de una esfera sino de un círculo que está vacío, y que se compone nada más que de la apariencia armoniosa de sus líneas. Este texto es un círculo, por consiguiente, vos y yo somos ese mismo círculo. 

jueves, 6 de febrero de 2014

La atrocidad y la inocencia


Ahí estoy, abyecta,
me miran, no me miro.
Me disimulo
entre el fondo de luces intermitentes
y detrás de la hojarasca que es lo poco que queda,
mezclada con un sinfín de sonidos del futuro
que alertan mucho y no prometen nada. 

Ahí estamos, abyectos,
insertados en un mundo que creemos conocer
pero que nos mira indiferente.
Acumulados, más bien apelmazados,
suponiendo entenderlo todo,
sobreviviendo. 

Ahí están, homenajeados,
los que pisan fuerte 
y también pisan cabezas,
mientras dominan las mentes de las masas 
y de sus bocas salen colores, risas y motivaciones,
las cuales al instante se vuelven ásperas 
y pútridas, en el aire. 

Ahí están, dominantes,
los nuevos Titanes, Cíclopes y Centímanos,
caminando pesados entre nosotros,
produciendo catástrofes que adjudicamos al destino.
Aquí vienen a advertirnos sobre la furia
de aquella madre que resiste nuestros pesados cuerpos,
y sobre su llanto desconsolado
que grita vengativo por cada pecado capital que comentemos. 

Ahí está todo lo demás, fusionado,
comprimido, pulsando por salir,
reventando los organismos,
quemando intelectos,
achatando espíritus.
Y a su lado, casi desvanecida,
se reposa la Vida
con hombros resignados,
anhelando desorbitadamente
el encuentro final con la dichosa,
la suprema,la Felicidad.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Migajas de un corazón inconexo

El arte
de hablar con la mirada,
besar en silencio
con graves tonos.
Los ojos de tinte vidrioso
son tuyos
y los admiro,
tan dulces y trágicos
pero vulnerables. 
Y así te desprendés del deseo,
te vas lavando
como tus ojos grises 
de animal asustado.
Te desvanecés en un suspiro
y volvés
conteniendo el aire. 
Tus manos secas y lisas
toman las mías
con una caricia helada.
Te descubro laxo,
diminuto,
desamparado,
pero me ofrecés sonrisas
que valen millones
de lágrimas.
Caminamos a paso lento,
casi estáticos,
cargando con el viento
estos meses intermitentes.
Me vuelvo ajena,
no digo nada,
mucho rubor en los pómulos 
y la piel estirada.
Ahora el cielo,
con cara de nada,
me mira fijo,
y de pronto se cierra
en un gran vacío
laico y puro,
que se lleva con él las ganas.

Palimpsesto

En las horas de desvelo
me tropiezo con tu cara,
y recuerdo, fascinada 
los licores que recorren tus ojos,
y tu sonrisa
pálida.

Me atormento en un sinfín de emociones,

ansiedad por el mañana,
y en el anhelo por una libertad paradójica,
embebida en surrealismo,
quedo presa en la avaricia.

Reposan mis células

en un caldero de ampollas
enfermedades y medicina tradicional,
y yo me recuesto en mi mano,
imagino y sollozo
por los días que siempre serán lejanos.

Me veo asustada

por el tiempo que se aparta del sol
y se esfuma
con las gotas del cielo,
y estas tormentas de desesperación
que alberga la tierra 
descubren miradas y gestos,
pero todos callan.

No hay nombre para esto y lo otro,

estoy presumida de haberlo notado,
aún así recojo las piezas de tanto en tanto
y te recorro
de pies a cabeza.

Si acaso hubiera de pedir un deseo

sería un milagro: mirar adentro,
pero tengo miedo
de provocar incendios
y que este pálpito interno
siga latiendo
en carne viva. 

jueves, 23 de mayo de 2013

Qué sé yo..


      Sos estudiante de Letras, debés escribir cuentos maravillosos, o sos un capo en la poesía o también, hasta quizás manejás bien otros idiomas. Sí, seguramente no se te escapa ningún tilde y por eso mejor no te escribo ninguna carta... mirá si te horrorizás por mis faltas de ortografía y me despreciás de ahora en adelante. Y además, sí, seguro, seguro te pasás el rato leyendo y no te puedo hablar de temas más frescos porque por ahí te aburrís conmigo; yo soy un ignorante, seguro pensás eso de mí.

      No. No somos escritores y capáz muchos tienen más faltas de ortografía que un coreano escribiendo en francés . No es necesario que por ser estudiante de Letras tenga que ser un intelectual elitista que escribe con pluma en su diario y te mira con desprecio por debajo de sus anteojos burgueses porque no correspondés a su esfera. No te voy a dejar de lado por ser estudiante de diseño de indumentaria o estés a punto de recibirte de RRPP. 
      Miro mi mochila tirada sobre el sillón y los cuadernos alborotados en diferentes posiciones. Y más allá están los apuntes que todavía no leí, en la mesa, entre los almohadones,también  alguna hoja tirada en el piso medio mordisqueada por el perro, y otro par de libros esperando a ser abiertos en la silla de la cocina. El orden es asunto un poco utópico, y más para nosotros que por poco almorzamos papeles y nos pasamos traduciendo versos en idiomas muertos o buscando deixis en discursos de gente desconocida. 
      El tiempo.. el tiempo también es utópico. Apenas tengo tiempo de llegar a las últimas hojas de Kleist cuando tengo que leer a Klaus Mann, mientras tengo en lista de espera a Mukarovsky y Bourdieu, y Mallarmé y Virgilio y muchos más que andan dando vueltas por entre los apuntes. Y vos te pensás que yo soy un fanático neurótico que voy a ponerme a darte cátedra de cómo escribís tus textos? Seguramente vos, al igual que muchos otros, pensás que podría recitarte de memoria las poesías de Pizarnik o de Baudelaire, y sobre todo, te pensás que soy un escritor experimentado, que si todavía no salió mi novela a la venta es porque soy una persona humilde. 
       Nada de eso es cierto, o lo es pero de una manera también un poco utópica. Estoy acá sentada escribiendo esto un poco porque estoy inspirada y otro poco para negar la pila de apuntes que me esperan autoritariamente para el fin de semana. Y estoy escribiendo, no porque sea una escritora encubierta ni porque soy estudiante de Letras, sino porque me hiciste creer que lo era y me propuse demostrarte que no lo soy, que todo eso que pensás que hago en mi tiempo libre es una falsa suposición. En mi facultad somos gente normal, que también de vez en cuando hablamos de qué calor que hace o qué caras que están las fotocopias; y también comemos galletitas Don Satur, como vos, y tomamos mate en la plaza. No, no somos esos bichos raros de biblioteca que son unos bochitos y no los podés sacar de eso porque no entienden nada de la vida fuera de las hojas impresas con tapa dura. 
        Ahora sí, creo que no tengo más que decir, creo que me entendiste. Ahora sabés que somos normales, que los estudiantes de Letras simplemente estudiamos Letras porque nos gusta la Lengua y la Literatura, pero no por eso somos escritores, ni nos fumamos fanáticamente la RAE, ni nos tragamos los tomos enteros de Dostoievsky. Aunque es verdad que muchos de nosotros entramos a la carrera pensando que por recibirnos de Licenciados en Letras íbamos a llegar lejos y cada uno entró con sus poemas o cuentos o notas escritas humildemente debajo del brazo; algunos los exhibieron pronto en todo tipo de Boletín que diera vueltas por la facultad y otros se decepcionaron muy rápidamente y los escondieron de nuevo en el cuaderno. Todos, nos creímos escritores, y después, de pronto, éramos miles de escritores que escribían textos parecidos dando vueltas por los pasillos de la facu. Después algunos dejaron de escribir porque los consumían los apuntes de la carrera, otros seguían escribiendo pero ya no lo enrostraban con orgullo en las caras ajenas por miedo a que el otro tuviera algo mejor que mostrar, y otros siguen mandando a las revistitas del Centro de Estudiantes con la perseverante esperanza de deslumbrar con sus escritos. 
        En conclusión, quizás tenemos tan poco de importante como vos, y es mejor que nos dejes de idealizar como literatos genios, porque no lo somos. O quizás sí lo somos. Tal vez seamos unos especímenes un poco especiales que se deslumbran por los textos literarios y se llenan el bocho con imágenes mentales de libros enteros. Algunos también recitamos algún poema tímidamente en la ducha o escribimos algún escrito mientras nuestros viejos piensan que estamos estudiando. Y en el fondo, creemos, o mejor dicho, sabemos, que somos escritores elitistas, que no miramos televisión y que nos criticamos entre sí cuando escribimos como un ignorante. Pero preferimos que nos piensen normales, así, algún día, cuando menos se lo esperen, sorprendemos a la masa popular y sacamos a la venta una novela que va a ser firmada por un escritor respetado que también fue estudiante de Letras.



viernes, 29 de marzo de 2013

Entrometido

     Está oscuro, pero muy cálido. Sí, me siento cómodo en este espacio y no tengo miedo porque me prometieron que aquí nada podía ocurrirme. Es cierto, no puedo ver que hay a mi alrededor ni qué existe más allá de estas húmedas paredes... pero estoy tranquilo; aquí los pensamientos brotan deliberadamente. 
     No sé por qué surge de vez en cuando esa incertidumbre de quién soy y dónde estoy, pero no pasa de un instante; luego recuerdo lo importante: mi misión. Me encargaron que no la olvide y debo estar muy atento cuando llegue el momento. Me pregunto qué me esperará cuando deje este lugar y transpase esa puerta, cómo se desencadenarán las cosas, quiénes me esperarán del otro lado. 
     Algunas veces oigo voces afuera, medio sordas; no logro entender lo que dicen porque no conozco ese idioma pero siento su vibración, su entonación, su fuerza. Suenan violentas y dañinas casi siempre, es obvio que algo no anda bien allá afuera.Y no sé por qué motivo, cada vez que oigo esas voces me siento triste, profundamente dolido y hasta enojado. Pero siempre, siempre, sufro un dolor en mi cabeza muy adentro, como si ciertos dígitos se grabaran en la memoria interna para permanecer allí por siempre.
     Ahí está otra vez: gritos, cada vez más altos y más cercanos, y de pronto las paredes vibran tras un golpe fuerte que suena hueco. ¡Hey! ¿acaso no saben que yo estoy del otro lado?. Estas turbulencias me hacen agitarme de un lado a otro y dar un par de vueltas. No sé que pasa, pero me siento débil y triste. Me duelen los huesos y me vuelvo cada vez más frágil como un capullo que no logra ver el sol...
    Esta vez ha ocurrido algo diferente: mientras ellos gritaban allá, se desprendían de mis ojos unas micro partículas húmedas que rodaban bajo mis párpados cerrados. Muy a menudo me angustio pero en seguida recuerdo lo que me encomendaron y me siento pleno; sé que es parte del plan. Aunque, por otro lado, también siento que a medida que crezco me vuelvo más humano, y por lo tanto, más débil.
    Percibo que se acerca el momento. Enfrentar mi identidad, vivir la parte dura y fría. Es probable que vaya a extrañar este estrecho escondite acogedor pero será por poco tiempo.
    No sé si fue hoy, ayer o mañana, no entiendo aún las entidades de tiempo porque acá no existe el TIEMPO. Concretamente, alguno de esos momentos, comprendí que esas voces que escuchaba era papá gritando, y supe inmediatamente que mi llegada a este mundo no iba a ser celebrada. Puedo sentir el dolor y la frustración que construyen estas paredes uterinas y siento ese olor medio lúgubre de una ceremonia demasiado falsa; he comprendido que ése es el motivo de mis huesitos débiles. Mi concepción no había sido deseada; papá se negaba a reconocerme y mamá me despreciaba. Estaban disgustados, me maldecían, y yo a pesar de eso los amaba. No sé por qué, no soy capáz de experimentar ese sentimiento de odio, y los he logrado comprender. Ya lo he asumido hace rato, medio angustiado y medio resignado. Después de todo, así es como debía ser... yo lo sabía, y ellos no. 
    Siento gritos una vez más, pero estos son sólo de mamá (los de papá no los escucho hace tiempo), hay mucha gente alrededor que se agita y acá se empiezan a contraer las paredes húmedas que me resguardan. Es la hora, al parecer. Mamá llora y sufre; yo he empezado a girar un poco y estoy medio adormecido. Tengo aquí una soga o algo así que nace de mi ombligo, pero está alrededor de mi cuello y me está apretando un poco. 
    Las puertas se abren, empiezo a ver una luz tenue y por un movimiento de inercia me voy desplazando de a poco hacia la apertura. Algo ocurre. Este cordón me está apretando mucho y me lastima. Entiendo que si no puedo librarme de él no lograré traspasar el estrecho agujero con vida. No podré conocer los rasgos de mamá ni percibir su sentimiento cuando me vea.
    Recuerdo los gritos, los golpes, el odio y la tristeza y entiendo que éso es lo que me espera allá afuera. Me pongo triste de nuevo y a medida que me deslizo mi garganta se va estrechando con la presión del cordón alrededor de mi cuello. Pero de pronto, como una idea iluminadora y salvadora, recuerdo esas palabras de mi espíritu que me susurraban que recuerde mi misión. 
    Me siento aliviado y tranquilo ahora; otra vez dos de esas gotas han rodado bajo mis párpados: es el momento en el que debo cumplir con lo que me han asignado. No sé si la hora había llegado antes, o ellos lo habían provocado. O quizás yo mismo había preferido hacer más breve el curso de las cosas y sufrir ahora lo que iba a sufrir durante ese corto tiempo de vida que me había sido destinado.  
    Ma, pa: los amo, éste es mi destino y he venido a mostrárselos. Cierro los ojos y me duermo profundamente, justo antes de tener que abrirlos a la luz de la vida.