viernes, 22 de abril de 2016

Hiatos de ciudad

     ¿Qué sentís cuando te contemplas rígido y agitado en un asiento de colectivo atravesando el Gran Buenos Aires? Gran. Gran ciudad. Gran espacio de cemento interminable, de calles, avenidas, edificios, asientos rectos, fríos y homólogos. Falso tren de la alegría el de las velocidades urbanas, ¿a dónde vas con tus vagones grises, apretados y con tus asientitos enfilados uno detrás de otro como si quisieran esquivarse las miradas?.
                       Quiero conocer este mundo (des)conocido, quiero conocerte a vos detrás de tanto smog, conocerme, detrás de tanto orgullo, conocer y poder ser, detrás de tanto ego-egoísta. Este mundo, la esfera terrícola de la urbanidad que dispara continuamente contra el más blando, que lo ataca desprevenido, quiere enrollarnos en un torbellino mentiroso de prosperidad y productividad. A este mundo  no quiero obedecerlo; a mi el sonido me persigue pero no me alcanza porque tu sangre me late aquí y allá, y mi sangre mientras tanto la derramo con desquicio cada vez que me arranco el cemento de la piel y rasguño la desidia que nos abraza como lluvia ácida. 
            Vos, que todavía me oís, acompañame en esta marcha desbocada para construir la defensa, el hiato, la rebelión: para sembrar el paso firme que grita inconformidad. Te habrán hecho creer que esas son malas palabras, pero en realidad son el arma estéril de una esperanza que no puede apuntar a nadie porque la tienen en la mira, controlada, vigilada (¿y castigada?).
                                       Pero basta gran Gran ciudad, basta de sacudir sin agitar, basta de ceder sin aportar, basta de acceder a la irresponsabilidad, basta de resguardarse en la pasividad. ¿Alguna vez te miraste las manos sucias cuando viajabas cómodo en el asiento de cemento? ¿qué se siente no haberse replanteado nunca cambiar el trayecto de una ruta sin salida aparente?. Pensemos. Actuemos. Despertemos. Y escupamos sin culpa que la saliva nos moja pero sana las heridas que nos hace el smog. 

martes, 8 de marzo de 2016

Vuelos

Somos cíclicos. Sí. Giramos. Volvemos. Dos pasos adelante, dos atrás. Y de nuevo, pum! al piso... y de nuevo hey! arriba!.
Lo más lindo es el afán de volar, aprovechar la ráfaga, agitar las plumas, las carnes, estirar los músculos y las vértebras apelmasadas. Llega eso (o simplemente ya está ahí) que te empuja, te tira de un lado para otro:
de acá                                                                              para allá
Te desliza suavemente hacia adelante, como una brisa tímida sobre la espalda, o te sopla, te vuela la peluca, te sacude, como un torbellino de revoluciones que se agitan impertinentes en el ojo de la enigmática tormenta.
Lo más lindo es volar: remontar vuelo aún cuando sabés que en algún momento vas a caer... otra vez, pum, al piso. Es lindo porque incluso desde el piso podés ver a las nubes volar, y a las hojas que quedaron detrás tuyo revolverse, y a tus sueños hamacarse en un vaivén travieso para ver quién llega primero. Abrís los dedos, de las manos, de los pies, aunque no haya verdadera necesidad de aferrarse a nada: el vértigo amigo del corazón aventurero; ¡qué lindo sentirte cerca!
Lo más lindo es sentirlo adentro, cuando agitás el corazón, cuando abrís los ojos, cuando exhalás la sonrisa. Vértigo amigo, ¿qué haríamos sin vos? Con tu consentimiento medimos la distancia de la que podemos 
c
a
e
r
pero también sabemos, por vos, lo fantástico que es elevarse del piso.



                                                          ...

Otra vez estoy arriba, con la levedad de quien ha dejado caerse y ahora flota, junto con el vértigo, muy lejos de acá, muy lejos del piso. Estoy arriba y estoy feliz, porque cuando pum! caiga al piso... voy a estar con vos ahí, mirando los sueños en el cielo e intentando atraparlos juntos con la mano firme y las alas abiertas.

sábado, 23 de enero de 2016

VOSiferación.

Arreglar y desarreglar
la mente 
de a pedacitos 
de a tramitos 
de a chachitos
dea po qui to.

Tus pasos y la ansiedad
de retomar esa ruta
que da vueltas
una
dos 
tres     
    veces.
Y te deja
mal aclimatada
por la mitad de la 
frase
y un poquito más allá.

Me mirás
y te detesto
porque con vos vienen los asuntos largos
las frases que parece que no acaban nunca
y un arrullo sin sentido que desfila 
en el adicto
áspero
rígido
grosor de tu cuerpo eterno. 

martes, 29 de diciembre de 2015

Artistas de los pies descalzos

   Leo poco y escribo tonterías, estudio Literatura y entonces soy intelectual: un artista. ¿Soy un artista?, ¿qué me hace serlo? Estar acá con una lapicera creyéndome inteligente y profundo, sobrevalorándome como si mi cosmovisión del mundo fuera más valiosa por tener más libros (cuanto más canónicos mejor) en mi biblioteca. Esa biblioteca burguesa llena de letras y de gente, muchos de ellos bohemios creídos que pululaban escribiendo frases herméticas como si fueran "obras de arte". Y mientras tanto, en la calle, en todos lados, la gente que no es artista, los que no son intelectuales, los que no son brillantes... "los ignorantes", que parece que no tuvieran derecho a opinar, porque no tienen voz ni voto, que no saben nada porque no les interesa leer o porque ni siquiera tienen acceso a esa posibilidad; porque no están avalados por la pila de libros que te eleva por encima de la mediocre realidad.
   Sin embargo ahí están peleándola en la vida, viviendo la realidad más real de todas: la de la experiencia, la que te curte la piel, la que te arruga la frente, la que te moldea la sonrisa o te humedece los ojos. Pero ellos no tocan los papeles... y entonces... entonces no son artistas. Y en la sociedad, en las instituciones, en la política, en la televisión, queda más lindo el arte, la estética, lo "bello", es decir, el erudito bien peinadito. Ahí está el fallo, la fisura: ahí en el momento en que la invisibilización se convierte en norma y es normal la complicidad de todos (¿nosotros?), los que seguimos abalando que el gobierno de una nación esté en manos de gente con carita linda, prolijos, que tienen títulos, libros y billetes: en fin, todo tipo de papeles. Mientras tanto, los ignorantes, los sucios, los iletrados, tienen que aguantar la impunidad de quedarse callados porque... ¿qué pueden tener para decir?.
   Ellos viven con la tierra en las manos y si pelean por un plato de comida es porque los libros son para los que más tienen y a los demás sólo les queda la supervivencia. Pero ¿quiénes son los artistas?...¿los que leen?,¿los que escriben?, ¿los que fuman tabaco y miran cine culto?, ¿los que dibujan garabatos y pintan colores?...
   ELLOS, los otros. Son los artistas ignorantes, los que pintan con tierra, los que aprenden del hambre y del aguante del día a día, los que se curten la piel con el sol acusador sobre sus espaldas, los que creen todavía en la mano de un hermano y los que miran las estrellas siempre con la esperanza de imaginar, crear, inventar, un mundo mejor al que aún no pertenecen... Son artistas de un futuro utópico que no nace en las hojas escritas con tinta sino en las manos y los pies descalzos.  

martes, 20 de octubre de 2015

marcasymarcos

    Escribo en la hoja. Escribo sobre la ventana. Pero a través de la hoja veo la ventana y en la ventana aparecen las letras: un marco cuadrado, y adentro el espacio vacío, lo incompleto, lo que hay que llenar con tinta, con imaginación, con recuerdos. El paisaje de curvas y líneas rectas se dibuja con desasosiego, tembloroso, pálido. Los errores del terreno, los tachones, las equivocaciones, oscurecidas por la mano firme, encaprichadas en quedarse fijas para que la mente no se olvide de ellas, se tornan importantes en el terreno baldío.
    Miro a través de la ventana. Hacia adentro, como si observara con los ojos invertidos todo el contenido sangrante de mis venas. Hacia afuera, los contornos, los límites, la piel, las manos, la hoja llena: llena como está la ventana de perspectivas distintas, arriba, abajo, izquierda, derecha... la recorro escribiendo sus bordes desordenadamente, imprimiendo MIS marcas en ella, casi como si fuera el instante definitorio de la identidad. Pero ¿y si alguien viniera y borrara criminalmente los dibujos de ese paisaje y en su lugar introdujera frases sentenciosas?, ¿y si, peor aún, alguien se hiciera pasar por el autor de esas marcas y plantara sólo algunos árboles nuevos, llevándose el mérito de esa imagen?. ¡Locura!, todo lo sólido se desvanece en el aire, y de un momento a otro, tengo la hoja vacía y la ventana que da a un abismo infinito, cargado de incertidumbre, de desazón. 
    Lo único que queda es el marco de la ventana, el marco de la hoja, el espacio cuadrado que limita, contiene lo que vive allí y lo que está por venir. Esa, esa es la instancia de lo inminente, aquél delicioso sabor del saberse vertiginoso porque no se tiene nada en mano pero se tiene todo en mente. Me recuerda lo que alguna vez leí o contemplé mirando por una ventana que daba a un patio grande, con lugar para mil árboles y mil frutos, pero solamente había mil semillas por sembrar: débiles, desamparadas, desnudas frente al peligro de quien pueda cuidarlas o pisotearlas. Así está esta hoja que escribo sobre la ventana, y esa ventana escrita y reescrita pero vacía de materiales y llena de potencias. 
    Tal vez era verdad que la imaginación es un arma de doble filo: te provee de imágenes pero también te corta. La hoja filosa corta a quien quiere atreverse a doblegar su forma cuadrada. La ventana angulosa corta a quien se atreve a ir más allá de las imágenes que proyecta su contorno, y a quien, por casualidad, se atreve a convertirse en ellas y borronearse.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Ni un ápice de sentido

Indecisión. Escribir-borrar. Maldito trauma de la hoja en blanco. Y las palabras que se amontonan apresuradas. Aturdidas. Aturdida estoy yo. Qué brusco es el punto seguido. Frases cortas. Pensamientos fugaces. El teclado que se traba. Las teclas están duras y mis dedos fríos. No sé. No sé qué estoy escribiendo. Ni por qué. Mi mente también está en blanco. Como la hoja. Inutilidad. Inconformismo. Saturación. Basta. Qué exigentes nos ponemos con el lenguaje. Y él no tiene la culpa de ser tan débil. Porque está vacío. Nosotros insistimos en llenarlo de porquerías. De significados. Valores. Apreciaciones. Matices. Y pensar que tan sólo son letras. Signos. Sonidos. Dibujitos. Cosas que retumban en nuestra cabeza. Repiquetean a veces sin sentido. Como este escrito y sus puntos seguidos. Escasos conectores. Escaso contenido. Escaso tu espíritu. Y el mío. ¿Cuál es la lógica?. ¿Y la normatividad?. ¿La gramática?. ¿La moral?. ¡Al carajo con todo eso!. ¡Qué esquizofrénico se vuelve uno por ser tan normal!

martes, 19 de mayo de 2015

Pobre de mi. ¡Pobre del mundo!

Es mejor callar que decir palabras sin saliva.
Es mejor mirar adentro que deslumbrarse con luces que no funcionan sin electricidad.
Es mejor dar pasos firmes que correr sin mirar tus pies.
Es mejor dar la mano siempre que tener que dártela a vos mismo.
Es mejor mirar la luz amarilla del cielo que la de la avenida que te hace frenar.
Es mejor mojarse las mejillas que taparlas con rubor.
Es mejor tajarse las manos que utilizarlas sólo como mostrador.
Es mejor besar que morderse los labios.
Es mejor que se te marquen los hoyuelos de reír que arrugarse la frente de tanto pensar.
Es mejor tener el corazón con vendas que liso y frío por no haber amado.
Es mejor reponer las piezas que no haberse animado a jugar,
Es mejor haberse decepcionado que no haber tenido la oportunidad de confiar.
Es mejor hacer el amor con alguien que revolcarse con un millar.
Es mejor haber sobrevivido que nunca haber sentido el vértigo de fracasar.
Es mejor aceptar así al mundo que juzgarlo por lo que no pudo ser.
Es mejor oír nuestras risas que escuchar el ruido sordo del tren.
Es mejor verte recién despierto que no conocerte sin el traje puesto.
Es mejor embarrarse el cuerpo que no haber podido ver la lluvia caer.
Es mejor poder tocarte que saber que tenes miedo de que me acerque a tu piel.
Es mejor enfrentar mil verdades que vivir en una mentira con dulce sabor.
Es mejor no creerse nada que andar con altavoces de bienhechor.
Es mejor amar sin motivos que volverse frío y calculador.
Pero ¡pobre del mundo!
Que toma por negro al blanco y lo derecho al revés.
¡Pobre de mi!
Que asumo que las palabras más genuinas van a ser comprendidas por más de dos o tres.
¡Pobre de vos!
Que te caíste rendido sin siquiera saberlo porque nunca te enseñaron a resistir.
¡Pobre de todos nosotros!
Que no nos avivamos
que en este mismo mundo
está todo aquello
que puede hacernos feliz.