martes, 19 de mayo de 2015

Pobre de mi. ¡Pobre del mundo!

Es mejor callar que decir palabras sin saliva.
Es mejor mirar adentro que deslumbrarse con luces que no funcionan sin electricidad.
Es mejor dar pasos firmes que correr sin mirar tus pies.
Es mejor dar la mano siempre que tener que dártela a vos mismo.
Es mejor mirar la luz amarilla del cielo que la de la avenida que te hace frenar.
Es mejor mojarse las mejillas que taparlas con rubor.
Es mejor tajarse las manos que utilizarlas sólo como mostrador.
Es mejor besar que morderse los labios.
Es mejor que se te marquen los hoyuelos de reír que arrugarse la frente de tanto pensar.
Es mejor tener el corazón con vendas que liso y frío por no haber amado.
Es mejor reponer las piezas que no haberse animado a jugar,
Es mejor haberse decepcionado que no haber tenido la oportunidad de confiar.
Es mejor hacer el amor con alguien que revolcarse con un millar.
Es mejor haber sobrevivido que nunca haber sentido el vértigo de fracasar.
Es mejor aceptar así al mundo que juzgarlo por lo que no pudo ser.
Es mejor oír nuestras risas que escuchar el ruido sordo del tren.
Es mejor verte recién despierto que no conocerte sin el traje puesto.
Es mejor embarrarse el cuerpo que no haber podido ver la lluvia caer.
Es mejor poder tocarte que saber que tenes miedo de que me acerque a tu piel.
Es mejor enfrentar mil verdades que vivir en una mentira con dulce sabor.
Es mejor no creerse nada que andar con altavoces de bienhechor.
Es mejor amar sin motivos que volverse frío y calculador.
Pero ¡pobre del mundo!
Que toma por negro al blanco y lo derecho al revés.
¡Pobre de mi!
Que asumo que las palabras más genuinas van a ser comprendidas por más de dos o tres.
¡Pobre de vos!
Que te caíste rendido sin siquiera saberlo porque nunca te enseñaron a resistir.
¡Pobre de todos nosotros!
Que no nos avivamos
que en este mismo mundo
está todo aquello
que puede hacernos feliz.


miércoles, 6 de mayo de 2015

El comunicado más cotidiano y más sensato.

Lo peor de todo es creer que los errores siempre son ajenos. Y el error más hipócrita es el que se comete cuando se dice "es un hijo de puta" sin tener argumentos y hasta a veces sin siquiera conocer a la persona.
Lo peor de todo, es que quien dice todas esas aberraciones es porque cree y se fía de las habladurías, y el que hace caso a todo ese chisme barato es un infeliz. Lamentablemente estamos tan acostumbrados a este tipo de personajes sociales que a veces nos volvemos tan mediocres como ellos y decimos "ah, tiene razón. Si hizo eso es un hijo de puta". Y ahí contribuimos una vez más a enaltecer a los infelices y a basurear a los enjuiciados.
Ahora bien, lo que yo me pregunto siempre es: ¿QUIÉN CARAJO SOMOS PARA DECIR QUE X ES UN HIJO DE PUTA? ¿Somos Jesús? ¿La Madre Teresa de Calcuta? ¿Ghandi? ¿Buda? Claro, todos muy creídos de que tenemos el derecho y la posibilidad de opinar y por eso podemos defenestrar a una persona tranquilamente. Macanudo: somos seres libres, tenemos derechos, vivimos en un país democrático, blabla, pero ¿quién nos hizo creer que por todas esas garantías sociales estamos en condiciones de pararnos en un pedestal, señalar con el dedo a un pobre cualquiera y decir que es una mala persona?.
Uno de mis sueños idealistas siempre fue el de sentar a todos estos infelices que se creen muy vivos (y muy buenas personas por lo que parece) para andar opinando de las vidas ajenas, y explicarles que son más "hijos de puta" que aquél que están bardeando por hablar de algo que no les corresponde y que nunca van a poder entender (porque no les incumbe en sus malditas vidas), y además de eso, son más mediocres, porque en vez de ocuparse de sus asuntos se jactan de que tienen grandes ideas y grandes valores por andar juzgando a otros. Chicxs: primero mirense el dedo con el que están señalando porque seguro está manchado de caca.
Ahora, poniéndome más seria y menos violenta, quiero proponerles a todos (me incluyo a mi en el grupete porque, como dije antes, todos caemos en la mediocridad algunas veces) que nos dejemos de tribunales y de chusmerío y de críticas y de tibieza. Todos nos mandamos cagadas, todos somos imperfectos, todos somos medios "hijos de puta" en algunas cosas; y nadie, por más que tenga sus derechos bajo la manga, es capaz de encasillar a otra persona y de clasificarla como "buena persona" o "mala persona" por dos o tres acciones (positivas o negativas) que "evaluemos" de ella. Dejémonos de blancos y negros y seamos un poquito más sensatos y menos infelices: ese pobre que le dicen hijo de puta tal vez sea una cagada en algunos aspectos y un lujito en otros (que vos, el que señala con el dedo sucio, no).
Miren sino cómo las personas más sabias que conoció la humanidad respetaron la idea de que "quien esté libre de pecados que tire la primera piedra". Y nosotros, que no llegamos a ser ni un tercio de lo que fue esa gente iluminada, ¿¿qué corno hacemos criticando??

Acto seguido, me callo. Fin del comunicado.


lunes, 20 de abril de 2015

Cuerpos y agua

    El despojo. Un alud de pensamientos y las ropas que caen en el piso. La gravedad que desplaza las prendas desde el brazo cubierto hasta la mano blanda, dejando desnuda la piel tiesa y cristalina. Y el caer de las gotas. Intermitente. Con su rugir amigo y el bamboleo de las ramas con el viento. 
    La melancolía como el aguardiente. Y la espera que espera desdichada como espero yo recostada en el lecho. En lo profundo de mi pecho siento el golpeteo rítmico: el corazón con su clamor y las gotas en el techo.
    Agua, piel, cabellos, sábanas. En la unión de los cuerpos se desnuda el alma y se anudan las piernas, las manos, las bocas, los pechos. Y el tiempo que se escurre entre suspiros rebota una y mil veces en mi cintura. Aquella, la melancolía, se recoge en las comisuras de tus labios cuando te miro. 
    Las gotas en el techo. Y en tu cara. Arrítmicas, húmedas, se desplazan por la piel tiesa, contraída. La gravedad antojadiza arrastra las lágrimas que van derramándose en el pecho abierto, en el lecho oscuro, en el techo frío.
    Despertará el algodón las penas que se anidaron alguna vez en nuestras venas vivas. La sombra las sosegará. Y el río que formaron las gotas detrás de la ventana y en el valle de tus mejillas se llevará con la corriente el clamor, la vigencia, la intermitencia. Quedará el resabio de algo que palpitó aquí dentro, que rugió allí fuera, que sedujo a las almas hacia la ardiente corriente del carmín deseo.
    Humedad, ecos, respiraciones suaves. Entre los hilos y la noche te cubren mis brazos, tus cabellos alborotados se enredan entre las constelaciones y en el rincón más remoto desfilan nuestras figuras barnizadas por el fulgor del firmamento. La lluvia, que afuera calma y adentro abruma, se va escurriendo por los bordes plateados de tu cara adormecida. Calla el piso, florecido en prendas arrimadas azarosamente, y calla el techo, desflorado por el rocío matinal. Testigos anónimos de una escena que se desordena, se tergiversa, se desvela y se confunde con el clamor de las cuatro paredes oscuras,
    En mis huesos la melancolía. Y en mis venas el recuerdo de esa lluvia que cesó y la vorágine que se quedó en tu rostro somnoliento y se fue con las lágrimas. 
    En el piso las ropas amontonadas y la piel tiesa, cristalina, de un brazo que deja resbalar la desnudez que alguna vez fue cuerpos y agua. El despojo. La melancolía. Y el aguardiente que tiñe mi pecho oscuro, que moja las sábanas frías, que quema el techo abierto. 






sábado, 14 de marzo de 2015

Cavilación

N
que destila obviedad.
Se quiebra en el instante definitorio,
en el no,
en la negación 
en la determinación.

N 

que anula esperanzas,
detiene el tiempo
y lo colapsa
en una imposibilidad.
Algo que nunca se hará realidad,
aquello que nunca pasará,
o que nunca pasó
o que tristemente se olvida
para nunca más recordar. 

N

que surge del vacío
porque no hay cómplices
ni testigos.
La sensación de no ser nada,
ser ese nadie que abruma
y que acompaña la soledad.
Nadie que escuche
ni que grite,
estás solo con tu atrocidad.

N

que se define en su propia nulidad,
y se retuerce en la noche
de la vanalidad.
Aquel nudo que ata la verdad
y que nos recuerda
una y otra vez
que no queda ninguna posibilidad.
Y cuando llega el fin,
nos desgarra la náusea
de perder a la distancia
aquella oportunidad
que se la llevó el naufragio
de mi propia identidad.

Y así nomás

quizás
también...

N

que se torna libre,
que nace en los ríos
en el aire
y en las nubes.
Naturaleza rústica 
de los nativos espíritus 
y las más bellas epifanías.
Ninfas que seducen,
niños que sonríen,
aguas del arroyo nítido 
que animan al alma
con su impetuoso brío.
Y así sin más
el negro se torna blanco
y el blanco se torna azul.
Azul claro lleno de vida
que en el cielo rasga el contorno
de alguna nova que rige al Sur.


seductora,
mixta,
implacable.
Nexo que palpita
bajo la tierra mansa
y nos devuelve enredados 
a la unión prístina 
de nuestras almas.
Y ese tal vez
que se torna nuestro
es génesis de un nuevo comienzo.

Aquí nosotros 
en el halo del sol
bebiendo la vida
en un resplandor.
Y aquella nada sobria
que llaman vacío,
es también parte
de un todo revuelto
que tiene mi nombre,
que tiene mi acento,
que crece vigoroso
en el nido tibio
de mi pecho adentro.


lunes, 16 de febrero de 2015

Desenfreno improvisado

Caer. Trastabillar. Ritmo con sirenas, vaivén de platillos, tambores. Comparsa. Marchando todos al son de la ciudad, cantando su canto alegre y apresurado. Cayendo, trastabillando, levantándose con la cara sucia: un poco de barro y nada más.
La marcha que se agudiza y suenan las trompetas. Brotando por los ojos. Luces, tonos, vibraciones. Dinámico, constante, repetitivo. Con el paso siempre firme, escapando. Escapando de uno mismo, del de al lado, del enemigo: mi amigo, Y así es como ves que estás ahí, marchando, saludando. El demagogo, el careta con la cara sucia. Alguien que se acerca y sigue caminando con la vista al frente. Remolinos, redoblantes, notas de un repiqueteo intensivo.
Ahora corro. Y me río. Alguien va a tener que entender al pobre de la marcha, que camina y no se cansa. Tiene la cara aboyada por la caída, la risa torcida, los oídos hiper sensibles. UN ganado. Un embotellamiento. Libros, figuras, coches, ojos, caras, mucho ritmo!. Palpitando se alejan las trompetas seductoras y con la mugre de la ciudad avanzamos todos juntos. La Biblia y el calefón, la murga, el sol, la caravana de gente y la propiedad. Criaturas de la urbanización más plástica. QUE SE QUEMEN EN LA HOGUERA DE SU PROPIA MALDAD.

viernes, 16 de enero de 2015

El mar me recuerda a mí

¿Por qué le tememos al mar?
Violento
perenne
desafiante en cada ola,
en cada roce con la orilla,
salpica
se demora
se arrima desordenado.
Con su vaivén constante,
nostálgico,
avanza desalineado
y le susurra a la arena
que está enojado.
Su espíritu se desborda
se atropella
y me encuentra distante.
El latido se acelera
al son de una melodía
que entona suspenso.
Sus tres notas graves
me rememoran el drama
de aquél destino fugaz
de algún desdichado
que se asomó al abismo
y sumergió sus penas en sal.

El mar me recuerda a mí,
solitario y compañero,
alma que grita
patalea
crece
y se derrumba.
Golpea desafiante
haciendo temer al viajero
que como valiente forastero
surca sus penas
y atraviesa las aguas
llorando estrellas.
El mar es peligro,
el mar es incertidumbre,
y su cara en mi rostro
refleja un vacío eterno,
una carga de años
llenos de rencores.

¿Por qué le tememos al mar?
El demonio también es débil
repetitivo
predecible.
Sus olas avanzan
y vuelven resignadas
a su estático lugar.
Pobre del mar,
salvaje gladiador primigenio
que ruge frustrado
y se marea con la luna.
Su gritos son llantos
y su actitud peligrosa
es tan sólo un engaño
de agua con sal.
Me recuerda a un amigo
que asoma altivo,
levanta su pecho,
se alza en el aire
y de repente en la orilla
se vuelve agua mansa
arrepentida
que moja mis pies,
los acaricia con timidez.

El mar es testigo,
el mar es confesor,
es dueño de la luna y del sol.
Sus ondas húmedas
me encuentran distante
y me recorren
con una violencia dulce
que estremece y calma.
Mi rostro en su cara
se ve reflejado
en un par de ojos vacíos
pero llenos de interrogantes.
Sus ciclos constantes aguardan
ávidos de conocer
de albergar
de atestiguar
recuerdos de amantes
que una vez fueron gaviotas
y que deslizaron sus alas
por las espaldas húmedas
del anciano seductor
vestido de secretos.

El mar me recuerda a mí
y mi piel en la arena
se funde con sus charcos.
Ya en esa contemplación,
mezcla de espuma y suspiros,
me acaricia la violencia
y me atormenta la calma
de sus costas azules.
¿Por qué le tememos al mar?
¿Por qué nos tememos a nosotros mismos?




jueves, 25 de septiembre de 2014

Dinámico

La brisa, una locura,
y el sinfín de lucecitas en el aire
que se deslizan,
bailan, suben, se sumergen.
Por fuera de la ventana
se ven los bordes,
prolijos, tallados,
amaestrados como el perrito de Fede.
Fede, el muchacho 
de la risa graciosa.
Él y su novia pasean,
cruzan la calle cantando,
se pellizcan cuando saben
que hoy es el día.
Todos lo saben,
todos lo miran,
pululan acicalados, muy paquetes.
Los árboles comentan
haciendo un sonido
parecido al viento.
Y las hojas.
Las hojas caídas
suben a barrer el cielo
y caen desprevenidas
sobre los cabellos de Juana.
Juana, la loca,
la bella, la imperfecta, 
grita y hace ademanes
mientras refracta su risa
como un eco
en las góndolas del viento.
Se aman, se entienden
los locos de la selva cósmica.
Cuando se ven de cerca
parece que tuvieran
las pieles unidas,
y además, en su sonrisa,
los dientes idénticos
la mueca torcida.
Pero hablan y no se escucha,
¿es mímica
o no tienen cuerdas?
Como una guitarra desafinada
que sabe que suena mal,
ellos no suenan y se ríen.
Van con su perro negro:
el perro es Juana
Juana es Fede
Fede es el perro
el perro es el mundo,
su mundo.
Un mundo para ellos,
lleno de botones, lana, cordones
y aquí y allá algunos colores,
pero pocos, no suficientes.
Se agarran de la mano,
siempre fuerte,
y se pellizcan cuando caminan
porque saben
que hoy es el día,
y parece que la vida
durara eternidades.
Es alevoso
que sobra un detalle,
se nota en su paso
demasiado fugaz.
Lo confirma un pájaro,
mira y se detiene. 
De arriba a abajo
giran sus ojos,
en silencio, suspiran. 
La mueca idéntica
los pelos revueltos,
el viento que sube, baja,
gira y se sumerge, 
se consume.
Cuando todo está quieto
se entiende
que no es un secreto,
que hoy es el día.
Fede se ríe gracioso,
Juana es bella y loca
¿Se aman?
Aman al perro
al mundo
a los árboles
y a las luces que bailan.
Llega en agua,
tapa sus pies
sus brazos
el pecho
la cara.
Se refriega contra ellos,
los limpia,
los perdona.
Los árboles susurran
que está todo dicho.
Es evidente,
la selva cósmica
cumple su ciclo,
ellos se despiden.
Y después baja
y vuelve a subir,
porque el agua limpia,
y los árboles miran
y las hojas participan.

Ahí viene la vida
y se va,
y nos lleva
cuando todavía no cerramos la ventana.