jueves, 9 de febrero de 2017

Éste no es mi lugar


      Había escrito una carta antes de que sucediera todo; un papel medio arrugado y escrito a mano con una lapicera de poca tinta: Éste no es mi lugar. Eso se percibía, nada más, ni un punto ni una coma.
      Cuando era chico Sebastián había sido un nene retraído, tendiente más bien a la quietud y la contemplación. Pero sus impulsos siempre fueron repentinos, desconcertantes; se sucedían de un momento a otro como un disparo estridente: te dejaba sordo y aturdido sin entender lo que había pasado. Lo recuerdo cuando era un bebé, dos añitos, y se había quedado mirando fijamente la mecha de la vela encendida: le sonrió a la llamita y la saludó con sus ojos enormes.
     En la mayoría de los ratos no se reía; su vida familiar y escolar era un desorden. En casa se peleaban constantemente y en la primaria no tenía demasiados amigos, uno o dos chicos que le pasaban la tarea pero en el recreo lo dejaban afuera de los partidos de fútbol. Tal vez por eso Sebastián había desarrollado la habilidad de armar origamis, los hacía todo el tiempo; doblaba el papel cuidadosamente desde todas sus puntas y una vez armados los iba dejando en un caminito perfecto de regreso a su casa. Le gustaba el papel porque era áspero y también fácil de romper, de un momento otro podía desaparecer.
     Los origamis eran lindos y a Sebastián le gustaba saber que podía destruirlos, quemarlos, si no los quería más, si no le gustaban, o también si le gustaban mucho. Eran inflamables como su carácter cuando lo burlaban en el colegio. Parecía inmutable, casi estoico, ante las dificultades de su vida, hasta que se irritaba. No podía controlarlo, gritaba, pateaba e insultaba. Se incendiaba en seguida hasta consumirse y quedar desorientado, tambaleando, otra vez solo.
     Conoció a Sol cuando tenía dieciocho. La encontró cuando salía del bar de la facultad de Derecho en la que se había anotado inútilmente. Lo máximo que intercambiaron fueron sus miradas acompañadas de una fugaz mueca de simpatía. Para ella la vida siguió en un transcurrir cotidiano lleno de éxitos, hobbies y amigos, en el cual Sebastián nunca tuvo lugar alguno. Pero él la amó desde ese día.
     Le gustaba ir a verla cuando salía de las cursadas, aún cuando él ya había abandonado la carrera hacía varios años. La observaba pasar por la vereda todas las mañanas de camino a su casa; había descubierto su dirección y aprendido todos sus horarios. Su pelo radiante y su boca llena de vida brillaban como el sol mismo, y a Sebastián le encandilaba verla emanar calor de su sangre, arder con dulzura y caminar dando pasos firmes que quemaban la acera con su belleza. Ella era el sol, Su Sol.
     Varias veces la chica lo había descubierto pasando cerca y buscándola con los ojos para ofrecerle una sonrisa tímida. Le daba pena, parecía un muchacho solo, muy triste, y quizás por eso su corazón ególatra no le permitió ignorarlo de por vida. Un día Sol cometió el error de saludarlo en la puerta de la facultad. Deslizó un "hola" cordial y amable que para ella fue una simple palabra resbalada de sus labios pero para él fue una bengala que ardió en su corazón sin consuelo. Se le nubló la vista de éxtasis y felicidad, y sin darse cuenta su impulso desorbitado lo empujó hacia ella en un acto de completa enajenación. Agarrándola de un brazo se abalanzó sobre su rostro brillante intentando alcanzar esos labios que le parecían llenos de fuego. Sin embargo, lo único que recibió fue un empujón inesperado y un alarido de desesperación: su sol se le escapó se sus brazos, lo trató de enfermo y salió corriendo hasta tomar un taxi y perderse entre las nubes de un cielo que se volvía cada vez más oscuro y  más triste.
     Sebastián tenía que recuperar su luz. Ese día su ser entero se había estremecido como nunca y no paraba de pensar y de sentir, y se reía cuando recordaba ese "hola", y se enojaba cuando sentía el grito áspero de la garganta soleada, y lloraba de impotencia, de angustia, de compasión por él mismo. En su casa, solo, encerrado en su habitación, hizo miles de origamis que desperdigó por todos lados. Su mirada abstraída veía cómo el papel se doblaba geométricamente y se quedaba estático pero siempre vulnerable a su mano. Apartó uno de los papeles y escribió un mamarracho con una lapicera sin tinta; lo dejó sobre la mesa de cama con los ojos ausentes y apagó la luz.
     Habrá sido cerca de medianoche cuando Sebastián se apareció frente a la casa de Sol. A la luna y a su corazón les faltaba su brillo. Él, tenía los puños apretados, la boca seca y el ritmo cardíaco acelerado, totalmente excitado. Sacó de su campera un origami perfecto y prolijo, el que más le gustaba, y lo apoyó en la puerta de entrada después de darle un beso. Sonreía con una expresión angustiosa: Sebastián sabía que no podía controlar sus impulsos. El caminito de origamis ahora lo había hecho con alcohol inflamable.
     Cuando prendió el fósforo su lengua y su nariz se humedecieron, y mientras ardía la casa entera Sebastián recuperaba su brillo. Fascinado veía cómo las llamas imponentes crecían, devoraban, quemaban. Y Sol ardía con ellas, plena en toda su luz. Nada podía ser más bello para sus ojos grandes que ese sol inmenso brillando en medio de la noche.
     Vio al origami quemarse, perfecto y estático, tranquilo y débil. Contempló con dulzura la calidez de sus bordes hacerse cenizas y la luz de su cuerpo transmutarse en vida. Sebastián se acercó con una sonrisa gigante, la más grande que le he visto, hacia las llamas furiosas. Y se sintió pleno cuando el fuego alcanzó su alma: había recuperado su luz. Y el Sol brillaba dentro de sí mismo.







viernes, 2 de diciembre de 2016

Mirame


Puedo sentirlo. El sol ya acaricia el horizonte y calienta tibio el vidrio. Deben ser alrededor de las siete, hora en la que en invierno amanezco con mucho frío y mucho sueño. Es hora de levantar las persianas y dejar que la mañana se deslice por la ventana acariciándome los brazos, el rostro, el pecho, hasta llenarme de luz. ¡Qué lindos son los días de sol, cuando la gente sale a caminar desde temprano y puedo verlos estirando sus brazos calientes y gesticulando con sus caras adormecidas!. Me gusta mucho mirarlos, pasarme no sé cuántas horas viéndolos pasar y analizando sus miradas; a veces juego a mirar sus ojos y adivinar qué pueden estar pensando, porque dicen que los ojos son el espejo del alma. A mi me gusta mucho estudiarlos, tengo una gran colección de rostros en mi memoria.
       Todos los días más o menos a esta hora pasa una pareja joven corriendo por la rambla de la plaza, deben estar por llegar en cualquier momento. Se los ve muy atléticos y muy activos. Los admiro. Parecen personas muy saludables; yo en cambio soy muy fiaca, no me gusta salir, me encanta quedarme del lado de adentro mirando el mundo por la ventana. Aunque algo de lindo debe tener correr por ahí, o estar en pareja... por cómo se miran digo. Yo siempre estoy muy sola en realidad. De vez en cuando ellos cruzan sus miradas fatigadas por el ejercicio y se sonríen con ternura, los ojos les brillan como si tuvieran mucho por decir pero no pueden hacerlo porque se quedan sin aire. ¡Ahí está ella! La chica que corre. Pero él no está. Seguro se sentía mal o tenía que trabajar más temprano. Sin embargo a ella se la ve muy triste, como si se le hubiera perdido algo, las cejas intranquilas, la boca y los puños apretados, y los ojos… ya he visto esos ojos en otro momento. Ojos oscuros que parecen a punto de estallar: hinchados, un poco rojos y opacos. Me pregunto qué les habrá pasado, ¿a dónde se fue ese grandioso brillo?. Parece que uno no puede acostumbrarse a un paisaje lindo, no puede atarse a las pasiones, porque tarde o temprano desaparecen, tarde o temprano se lo arrebatan a uno.
        En el cordón se acaba de sentar abatido un señor medio haraposo y medio jorobado, y pensar que apenas salió el sol, queda tanto día por delante… Pero sus ojos de gato amarillos revelan una noche de desvelo y de penurias. Giran perdidos en torno a sí y se detienen fijos en medio de la calle, redondos, ausentes; se puede ver a través de ellos esa circularidad desesperante que lo condena a repetir constantemente una rutina de soledad y alcohol. De vez en cuando levanta la cabeza para ver si algún auto busca estacionamiento y tiene la excusa de sacudir su trapo rotoso unos segundos, para quizás así conseguir un par de monedas con las que comprar el tetra de todos los días.
Pero son sólo especulaciones, no quiero realmente pensarlo. Prefiero mirar los ojos de ese bebé rechoncho que sale a pasear en su carrito con su madre joven, muy joven, y reluciente. Parece que atrapan todas las miradas, ella con su pelo larguísimo y él con sus cachetes rosados. Los ojos del bebé, apenas abiertos, se emborrachan de luz tibia; ven asomado el sol entre las nubes, observan con intriga, conocen el mundo, recorren el cielo abierto que se refleja en sus dos bolitas celestes. Qué lindo sería volver a ser bebé. Yo no recuerdo cuando lo fuí, debe haber sido lindo… ¿pero por qué nunca recordamos nada de cuando éramos bebés?, ¿habré sido un bebé algún día? Los ojos de la madre en cambio parecen vacíos, miran su falda, sus manos, sus zapatos, a la gente que pasa, pero no se detienen en nada. Pasan por enfrente mío, qué vergüenza, pero me miran y no me ven. Están tan ensimismados en rellenar ese vacío voraz que consumen mucho y desechan todo.
En realidad mucha gente me mira cuando pasa. Debe ser porque yo siempre estoy acá observándolos como una chusma, siempre sentada en esta silla, del otro lado del vidrio, queriendo adivinar qué sucede detrás de sus ojos. Algunos se detienen para sostenerme la mirada unos segundos; son en general unos ojos distintos a los de los amantes, o los del borracho, o los del bebé. La mayoría me ve con curiosidad pero otros con asco, y en esos momentos me siento muy desdichada: me da vergüenza saberme acá quieta, expuesta a sus ojos y lo peor de todo ¡buscando su aprobación!.
¿Qué será de los ojos de un ciego? Recuerdo que una vez vi a una nena que tendría unos doce, trece años, andando de la mano de su padre. Del otro lado un golden la guiaba moviendo la cola con entusiasmo: para él, ella era lo mejor de su mundo, así, con sus ojos llenos de blancura y de pureza. Y pensar que la nena se despertaba todos los días sin poder ver el pelaje dorado de su compañero, ni tampoco la dulce mirada de su padre. Sin embargo, su expresión estaba tranquila, con una sonrisita esperanzadora entre los labios. Tengo su rostro grabado casi a la perfección; recuerdo que pensé qué desdichada sería yo si no pudiera usar mis ojos. ¿Cómo se puede vivir sin conocer los colores, los paisajes, los gestos, ¡las miradas!?. Me quedé viéndola fijamente ese día que pasó por delante del vidrio sin siquiera girar la cabeza con curiosidad para mirarme, cosa que hace la mayoría de la gente; me llamó la atención que sus mejillas rosadas se apretaban llenas de vida entre una sonrisa atrapante que parecía conocerlo todo. Cuando descubrí sus ojos no-videntes me pareció ver por un instante un mundo diferente que se escondía entre la totalidad de su blancura. No sé si lo habré imaginado pero la cosa es que me estremecí con un escalofrío de emoción.
Nunca más la vi pasar por acá. Y con razón, porque las personas que veo, y que me miran, son todas iguales. Ellas pertenecen a este mundo; no son más que unos “ojos consumidores”, como los llamo yo. La nena ciega, en cambio, no podía mirar pero sí ver. Veía todo lo que tenía que ver, sentía todo lo que tenía que sentir: su mueca de felicidad lo expresaba claramente. Me hubiera gustado mucho volverla a ver y haber intentado formar parte del mundo de sus ojos nevados una vez más. Pero yo sigo acá tan sola...
 
..…….

 
Anochece y la gente vuelve a su casa, hace frío y los negocios cierran temprano en invierno. Los últimos rostros se paran sobre la vidriera para ver al maniquí sentado sobre la silla. Algunos lo señalan sorprendidos, les gusta la ropa que exhibe; otros, corren los ojos con desinterés. Pero ninguno, nadie, nunca, nota las lágrimas que resbalan de sus ojos de yeso, fijos, encerrados en esa cara fría y redonda que se apoya sobre una mano muerta. Tantos ojos para nada. Los ojos que más miran son los que menos ven.


jueves, 6 de octubre de 2016

Azul, Azul...


    Azul se mordía las uñas. Tomaba la lapicera, escribía, tachaba, borraba. Azul se sentía nerviosa, tenía un espíritu anclado en el dogma y la moral. Y con su trazo fino y sus dedos gruesos escribía la v, la i, la d y la a sobre su cuaderno A4 rayado, nunca olvidándose del espacio, del silencio, de la sangría al comenzar.
    Azul era más bien rosácea; su piel tersa, gruesa y joven. Sus dedos cortos y regordetes formaban parte de una mano que aún chiquita se mostraba ágil y hacendosa. Su pelo negro y lacio caía en sus hombros simulando el contorno de un cuadro pálido: era lo único más parecido a la esperada oscuridad de su nombre. Siempre se había sentido ajena a sí misma, como si la profundidad del Azul no encajara en ningún encuadre de su rostro, ni de su cuerpo. Pero en su pelo estaba la noche acurrucada; cuando se veía al espejo se llevaba las únicas dos ondas hacia adelante, tapando mitad de su cara, oculta como una luna menguante en una noche de niebla. Se miraba y se susurraba "Azul, Azul", como si quisiera convencerse de que en algún lugar de sus ojos estuviera el mar.
    Todas las noches se acostaba en su cama boca arriba, inhalándole y exhalándole al cielo. Y sus suspiros se transformaban en una congoja seca, en un conformismo angustiante, en un vaivén asombrosamente inalterable que parecía provinieran de un cuerpo estrecho, perfectamente apretado en una caja de madera... un cuerpo que yacía inmóvil en un esquema estéril que lo contenía y lo limitaba.
    Azul escribía siempre en su cuaderno. Estaba acostumbrada a que hubiera hojas en blanco, a que la lapicera anduviese, a que el reloj toque las cinco cuando escribía su última palabra. Creía resolver todo en esos quince minutos de tinta; se convencía de que podía abarcar su vida con el campo visual de sus ojos grises. Aún así, y quizás justamente por ese motivo, desamparada por la sensación de totalidad, se encontraba a sí misma mirando en los rincones, creyendo que tal vez incorporando con su mirada todo aquello que se tropezaba ante sus ojos, pudiera rellenar el vacío que sentía en el pecho y el espacio que todavía quedaba en la hoja cuando creía haber colocado el punto final.
    Azul, Azul... un día las cinco se hicieron las seis y el cuaderno seguía intacto en su lugar. La lapicera, en cambio, había viajado al baño y se escondía entre los dedos fríos de su dueña. Frente al espejo, los cabellos de Azul hoy se veían más oscuros y sus puntas crecían onduladas un milímetro por minuto, casi imperceptiblemente. Los dedos los sentía también más largos y su cuerpo completo se erguía esbelto como si nunca antes se hubiera estirado.
    Azul, Azul... contemplativa se paraba frente al espejo que tal vez le devolviera la infinitud de reflejos que no podía abarcar de sí misma.
    Habiendo ya pasado quién sabe cuántos minutos, horas, eternidades de ausencia, la cara rosa empezó por fin a tornársele profunda. Su boca sonreía tranquila: los tonos de su piel se volvían lentamente hacia el blanco, el gris, el azul. La noche se apoderaba de ella. Y Azul comprendió en ese instante que el azul sí habitaba su ser: estaba siempre allí en el abismo de sus ojos perdidos, en la inmensidad de su silencio, en el azul de sus venas.
   
    La lapicera, clavada fuerte en la muñeca, comenzaba a soltar el mar en todo el baño enajenado. Y Azul se sumergía en el placer de mezclarse entre el azul de la tinta y el rojo de su sangre; absorbía extasiada todo aquello que siempre creyó perder e intentó abarcar con sus cortas manos. Parada frente al espejo, Azul se volvió mar y se volvió noche: profunda, calmada, inmensa y silenciosa, justo como siempre quiso ser... antes de desvanecerse.

jueves, 16 de junio de 2016

Árbol equilibrista

Qué fácil es ponerse a gritar,
a llorar,
enojarse cuando el alma duele.
Derretirse a pedazos,
pudrirse 
de a poco,
lentamente,
como si cada parte
se cayera hacia abajo,
se limitara a colgar inerte. 
El corazón que late desesperado,
con miedo,
con pánico
y los nervios que se erizan
en ese temblor interno
que me paraliza por partes.
No tengo razón,
no quiero tenerla
sólo mis entrañas se sacuden
anestesiadas por la tristeza,
extasiadas por el dolor.
Recoger las frutas secas
¿inmaduras?
de un árbol que apenas vive,
que apenas crece,
que apenas se puede parar
firme
frágil:
Árbol equilibrista.
No sé si seguir negando 
o empezar de nuevo,
morder la fruta seca,
saborearla amarga, 
corroer los dientes
y tragarla al fin
con la saliva deseante
y el gusto ácido
pero penetrante
de quien ha arrancado
de una vez por todas 
la Victoria angustiante
del corazón amante. 

viernes, 22 de abril de 2016

Hiatos de ciudad

     ¿Qué sentís cuando te contemplas rígido y agitado en un asiento de colectivo atravesando el Gran Buenos Aires? Gran. Gran ciudad. Gran espacio de cemento interminable, de calles, avenidas, edificios, asientos rectos, fríos y homólogos. Falso tren de la alegría el de las velocidades urbanas, ¿a dónde vas con tus vagones grises, apretados y con tus asientitos enfilados uno detrás de otro como si quisieran esquivarse las miradas?.
                       Quiero conocer este mundo (des)conocido, quiero conocerte a vos detrás de tanto smog, conocerme, detrás de tanto orgullo, conocer y poder ser, detrás de tanto ego-egoísta. Este mundo, la esfera terrícola de la urbanidad que dispara continuamente contra el más blando, que lo ataca desprevenido, quiere enrollarnos en un torbellino mentiroso de prosperidad y productividad. A este mundo  no quiero obedecerlo; a mi el sonido me persigue pero no me alcanza porque tu sangre me late aquí y allá, y mi sangre mientras tanto la derramo con desquicio cada vez que me arranco el cemento de la piel y rasguño la desidia que nos abraza como lluvia ácida. 
            Vos, que todavía me oís, acompañame en esta marcha desbocada para construir la defensa, el hiato, la rebelión: para sembrar el paso firme que grita inconformidad. Te habrán hecho creer que esas son malas palabras, pero en realidad son el arma estéril de una esperanza que no puede apuntar a nadie porque la tienen en la mira, controlada, vigilada (¿y castigada?).
                                       Pero basta gran Gran ciudad, basta de sacudir sin agitar, basta de ceder sin aportar, basta de acceder a la irresponsabilidad, basta de resguardarse en la pasividad. ¿Alguna vez te miraste las manos sucias cuando viajabas cómodo en el asiento de cemento? ¿qué se siente no haberse replanteado nunca cambiar el trayecto de una ruta sin salida aparente?. Pensemos. Actuemos. Despertemos. Y escupamos sin culpa que la saliva nos moja pero sana las heridas que nos hace el smog. 

martes, 8 de marzo de 2016

Vuelos

Somos cíclicos. Sí. Giramos. Volvemos. Dos pasos adelante, dos atrás. Y de nuevo, pum! al piso... y de nuevo hey! arriba!.
Lo más lindo es el afán de volar, aprovechar la ráfaga, agitar las plumas, las carnes, estirar los músculos y las vértebras apelmasadas. Llega eso (o simplemente ya está ahí) que te empuja, te tira de un lado para otro:
de acá                                                                              para allá
Te desliza suavemente hacia adelante, como una brisa tímida sobre la espalda, o te sopla, te vuela la peluca, te sacude, como un torbellino de revoluciones que se agitan impertinentes en el ojo de la enigmática tormenta.
Lo más lindo es volar: remontar vuelo aún cuando sabés que en algún momento vas a caer... otra vez, pum, al piso. Es lindo porque incluso desde el piso podés ver a las nubes volar, y a las hojas que quedaron detrás tuyo revolverse, y a tus sueños hamacarse en un vaivén travieso para ver quién llega primero. Abrís los dedos, de las manos, de los pies, aunque no haya verdadera necesidad de aferrarse a nada: el vértigo amigo del corazón aventurero; ¡qué lindo sentirte cerca!
Lo más lindo es sentirlo adentro, cuando agitás el corazón, cuando abrís los ojos, cuando exhalás la sonrisa. Vértigo amigo, ¿qué haríamos sin vos? Con tu consentimiento medimos la distancia de la que podemos 
c
a
e
r
pero también sabemos, por vos, lo fantástico que es elevarse del piso.



                                                          ...

Otra vez estoy arriba, con la levedad de quien ha dejado caerse y ahora flota, junto con el vértigo, muy lejos de acá, muy lejos del piso. Estoy arriba y estoy feliz, porque cuando pum! caiga al piso... voy a estar con vos ahí, mirando los sueños en el cielo e intentando atraparlos juntos con la mano firme y las alas abiertas.

sábado, 23 de enero de 2016

VOSiferación.

Arreglar y desarreglar
la mente 
de a pedacitos 
de a tramitos 
de a cachitos
dea po qui to.

Tus pasos y la ansiedad
de retomar esa ruta
que da vueltas
una
dos 
tres     
    veces.
Y te deja
mal aclimatada
por la mitad de la 
frase
y un poquito más allá.

Me mirás
y te detesto
porque con vos vienen los asuntos largos
las frases que parece que no acaban nunca
y un arrullo sin sentido que desfila 
en el adicto
áspero
rígido
grosor de tu cuerpo eterno.