sábado, 23 de enero de 2016

VOSiferación.

Arreglar y desarreglar
la mente 
de a pedacitos 
de a tramitos 
de a chachitos
dea po qui to.

Tus pasos y la ansiedad
de retomar esa ruta
que da vueltas
una
dos 
tres     
    veces.
Y te deja
mal aclimatada
por la mitad de la 
frase
y un poquito más allá.

Me mirás
y te detesto
porque con vos vienen los asuntos largos
las frases que parece que no acaban nunca
y un arrullo sin sentido que desfila 
en el adicto
áspero
rígido
grosor de tu cuerpo eterno. 

martes, 29 de diciembre de 2015

Artistas de los pies descalzos

   Leo poco y escribo tonterías, estudio Literatura y entonces soy intelectual: un artista. ¿Soy un artista?, ¿qué me hace serlo? Estar acá con una lapicera creyéndome inteligente y profundo, sobrevalorándome como si mi cosmovisión del mundo fuera más valiosa por tener más libros (cuanto más canónicos mejor) en mi biblioteca. Esa biblioteca burguesa llena de letras y de gente, muchos de ellos bohemios creídos que pululaban escribiendo frases herméticas como si fueran "obras de arte". Y mientras tanto, en la calle, en todos lados, la gente que no es artista, los que no son intelectuales, los que no son brillantes... "los ignorantes", que parece que no tuvieran derecho a opinar, porque no tienen voz ni voto, que no saben nada porque no les interesa leer o porque ni siquiera tienen acceso a esa posibilidad; porque no están avalados por la pila de libros que te eleva por encima de la mediocre realidad.
   Sin embargo ahí están peleándola en la vida, viviendo la realidad más real de todas: la de la experiencia, la que te curte la piel, la que te arruga la frente, la que te moldea la sonrisa o te humedece los ojos. Pero ellos no tocan los papeles... y entonces... entonces no son artistas. Y en la sociedad, en las instituciones, en la política, en la televisión, queda más lindo el arte, la estética, lo "bello", es decir, el erudito bien peinadito. Ahí está el fallo, la fisura: ahí en el momento en que la invisibilización se convierte en norma y es normal la complicidad de todos (¿nosotros?), los que seguimos abalando que el gobierno de una nación esté en manos de gente con carita linda, prolijos, que tienen títulos, libros y billetes: en fin, todo tipo de papeles. Mientras tanto, los ignorantes, los sucios, los iletrados, tienen que aguantar la impunidad de quedarse callados porque... ¿qué pueden tener para decir?.
   Ellos viven con la tierra en las manos y si pelean por un plato de comida es porque los libros son para los que más tienen y a los demás sólo les queda la supervivencia. Pero ¿quiénes son los artistas?...¿los que leen?,¿los que escriben?, ¿los que fuman tabaco y miran cine culto?, ¿los que dibujan garabatos y pintan colores?...
   ELLOS, los otros. Son los artistas ignorantes, los que pintan con tierra, los que aprenden del hambre y del aguante del día a día, los que se curten la piel con el sol acusador sobre sus espaldas, los que creen todavía en la mano de un hermano y los que miran las estrellas siempre con la esperanza de imaginar, crear, inventar, un mundo mejor al que aún no pertenecen... Son artistas de un futuro utópico que no nace en las hojas escritas con tinta sino en las manos y los pies descalzos.  

martes, 20 de octubre de 2015

marcasymarcos

    Escribo en la hoja. Escribo sobre la ventana. Pero a través de la hoja veo la ventana y en la ventana aparecen las letras: un marco cuadrado, y adentro el espacio vacío, lo incompleto, lo que hay que llenar con tinta, con imaginación, con recuerdos. El paisaje de curvas y líneas rectas se dibuja con desasosiego, tembloroso, pálido. Los errores del terreno, los tachones, las equivocaciones, oscurecidas por la mano firme, encaprichadas en quedarse fijas para que la mente no se olvide de ellas, se tornan importantes en el terreno baldío.
    Miro a través de la ventana. Hacia adentro, como si observara con los ojos invertidos todo el contenido sangrante de mis venas. Hacia afuera, los contornos, los límites, la piel, las manos, la hoja llena: llena como está la ventana de perspectivas distintas, arriba, abajo, izquierda, derecha... la recorro escribiendo sus bordes desordenadamente, imprimiendo MIS marcas en ella, casi como si fuera el instante definitorio de la identidad. Pero ¿y si alguien viniera y borrara criminalmente los dibujos de ese paisaje y en su lugar introdujera frases sentenciosas?, ¿y si, peor aún, alguien se hiciera pasar por el autor de esas marcas y plantara sólo algunos árboles nuevos, llevándose el mérito de esa imagen?. ¡Locura!, todo lo sólido se desvanece en el aire, y de un momento a otro, tengo la hoja vacía y la ventana que da a un abismo infinito, cargado de incertidumbre, de desazón. 
    Lo único que queda es el marco de la ventana, el marco de la hoja, el espacio cuadrado que limita, contiene lo que vive allí y lo que está por venir. Esa, esa es la instancia de lo inminente, aquél delicioso sabor del saberse vertiginoso porque no se tiene nada en mano pero se tiene todo en mente. Me recuerda lo que alguna vez leí o contemplé mirando por una ventana que daba a un patio grande, con lugar para mil árboles y mil frutos, pero solamente había mil semillas por sembrar: débiles, desamparadas, desnudas frente al peligro de quien pueda cuidarlas o pisotearlas. Así está esta hoja que escribo sobre la ventana, y esa ventana escrita y reescrita pero vacía de materiales y llena de potencias. 
    Tal vez era verdad que la imaginación es un arma de doble filo: te provee de imágenes pero también te corta. La hoja filosa corta a quien quiere atreverse a doblegar su forma cuadrada. La ventana angulosa corta a quien se atreve a ir más allá de las imágenes que proyecta su contorno, y a quien, por casualidad, se atreve a convertirse en ellas y borronearse.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Ni un ápice de sentido

Indecisión. Escribir-borrar. Maldito trauma de la hoja en blanco. Y las palabras que se amontonan apresuradas. Aturdidas. Aturdida estoy yo. Qué brusco es el punto seguido. Frases cortas. Pensamientos fugaces. El teclado que se traba. Las teclas están duras y mis dedos fríos. No sé. No sé qué estoy escribiendo. Ni por qué. Mi mente también está en blanco. Como la hoja. Inutilidad. Inconformismo. Saturación. Basta. Qué exigentes nos ponemos con el lenguaje. Y él no tiene la culpa de ser tan débil. Porque está vacío. Nosotros insistimos en llenarlo de porquerías. De significados. Valores. Apreciaciones. Matices. Y pensar que tan sólo son letras. Signos. Sonidos. Dibujitos. Cosas que retumban en nuestra cabeza. Repiquetean a veces sin sentido. Como este escrito y sus puntos seguidos. Escasos conectores. Escaso contenido. Escaso tu espíritu. Y el mío. ¿Cuál es la lógica?. ¿Y la normatividad?. ¿La gramática?. ¿La moral?. ¡Al carajo con todo eso!. ¡Qué esquizofrénico se vuelve uno por ser tan normal!

martes, 19 de mayo de 2015

Pobre de mi. ¡Pobre del mundo!

Es mejor callar que decir palabras sin saliva.
Es mejor mirar adentro que deslumbrarse con luces que no funcionan sin electricidad.
Es mejor dar pasos firmes que correr sin mirar tus pies.
Es mejor dar la mano siempre que tener que dártela a vos mismo.
Es mejor mirar la luz amarilla del cielo que la de la avenida que te hace frenar.
Es mejor mojarse las mejillas que taparlas con rubor.
Es mejor tajarse las manos que utilizarlas sólo como mostrador.
Es mejor besar que morderse los labios.
Es mejor que se te marquen los hoyuelos de reír que arrugarse la frente de tanto pensar.
Es mejor tener el corazón con vendas que liso y frío por no haber amado.
Es mejor reponer las piezas que no haberse animado a jugar,
Es mejor haberse decepcionado que no haber tenido la oportunidad de confiar.
Es mejor hacer el amor con alguien que revolcarse con un millar.
Es mejor haber sobrevivido que nunca haber sentido el vértigo de fracasar.
Es mejor aceptar así al mundo que juzgarlo por lo que no pudo ser.
Es mejor oír nuestras risas que escuchar el ruido sordo del tren.
Es mejor verte recién despierto que no conocerte sin el traje puesto.
Es mejor embarrarse el cuerpo que no haber podido ver la lluvia caer.
Es mejor poder tocarte que saber que tenes miedo de que me acerque a tu piel.
Es mejor enfrentar mil verdades que vivir en una mentira con dulce sabor.
Es mejor no creerse nada que andar con altavoces de bienhechor.
Es mejor amar sin motivos que volverse frío y calculador.
Pero ¡pobre del mundo!
Que toma por negro al blanco y lo derecho al revés.
¡Pobre de mi!
Que asumo que las palabras más genuinas van a ser comprendidas por más de dos o tres.
¡Pobre de vos!
Que te caíste rendido sin siquiera saberlo porque nunca te enseñaron a resistir.
¡Pobre de todos nosotros!
Que no nos avivamos
que en este mismo mundo
está todo aquello
que puede hacernos feliz.


miércoles, 6 de mayo de 2015

El comunicado más cotidiano y más sensato.

Lo peor de todo es creer que los errores siempre son ajenos. Y el error más hipócrita es el que se comete cuando se dice "es un hijo de puta" sin tener argumentos y hasta a veces sin siquiera conocer a la persona.
Lo peor de todo, es que quien dice todas esas aberraciones es porque cree y se fía de las habladurías, y el que hace caso a todo ese chisme barato es un infeliz. Lamentablemente estamos tan acostumbrados a este tipo de personajes sociales que a veces nos volvemos tan mediocres como ellos y decimos "ah, tiene razón. Si hizo eso es un hijo de puta". Y ahí contribuimos una vez más a enaltecer a los infelices y a basurear a los enjuiciados.
Ahora bien, lo que yo me pregunto siempre es: ¿QUIÉN CARAJO SOMOS PARA DECIR QUE X ES UN HIJO DE PUTA? ¿Somos Jesús? ¿La Madre Teresa de Calcuta? ¿Ghandi? ¿Buda? Claro, todos muy creídos de que tenemos el derecho y la posibilidad de opinar y por eso podemos defenestrar a una persona tranquilamente. Macanudo: somos seres libres, tenemos derechos, vivimos en un país democrático, blabla, pero ¿quién nos hizo creer que por todas esas garantías sociales estamos en condiciones de pararnos en un pedestal, señalar con el dedo a un pobre cualquiera y decir que es una mala persona?.
Uno de mis sueños idealistas siempre fue el de sentar a todos estos infelices que se creen muy vivos (y muy buenas personas por lo que parece) para andar opinando de las vidas ajenas, y explicarles que son más "hijos de puta" que aquél que están bardeando por hablar de algo que no les corresponde y que nunca van a poder entender (porque no les incumbe en sus malditas vidas), y además de eso, son más mediocres, porque en vez de ocuparse de sus asuntos se jactan de que tienen grandes ideas y grandes valores por andar juzgando a otros. Chicxs: primero mirense el dedo con el que están señalando porque seguro está manchado de caca.
Ahora, poniéndome más seria y menos violenta, quiero proponerles a todos (me incluyo a mi en el grupete porque, como dije antes, todos caemos en la mediocridad algunas veces) que nos dejemos de tribunales y de chusmerío y de críticas y de tibieza. Todos nos mandamos cagadas, todos somos imperfectos, todos somos medios "hijos de puta" en algunas cosas; y nadie, por más que tenga sus derechos bajo la manga, es capaz de encasillar a otra persona y de clasificarla como "buena persona" o "mala persona" por dos o tres acciones (positivas o negativas) que "evaluemos" de ella. Dejémonos de blancos y negros y seamos un poquito más sensatos y menos infelices: ese pobre que le dicen hijo de puta tal vez sea una cagada en algunos aspectos y un lujito en otros (que vos, el que señala con el dedo sucio, no).
Miren sino cómo las personas más sabias que conoció la humanidad respetaron la idea de que "quien esté libre de pecados que tire la primera piedra". Y nosotros, que no llegamos a ser ni un tercio de lo que fue esa gente iluminada, ¿¿qué corno hacemos criticando??

Acto seguido, me callo. Fin del comunicado.


lunes, 20 de abril de 2015

Cuerpos y agua

    El despojo. Un alud de pensamientos y las ropas que caen en el piso. La gravedad que desplaza las prendas desde el brazo cubierto hasta la mano blanda, dejando desnuda la piel tiesa y cristalina. Y el caer de las gotas. Intermitente. Con su rugir amigo y el bamboleo de las ramas con el viento. 
    La melancolía como el aguardiente. Y la espera que espera desdichada como espero yo recostada en el lecho. En lo profundo de mi pecho siento el golpeteo rítmico: el corazón con su clamor y las gotas en el techo.
    Agua, piel, cabellos, sábanas. En la unión de los cuerpos se desnuda el alma y se anudan las piernas, las manos, las bocas, los pechos. Y el tiempo que se escurre entre suspiros rebota una y mil veces en mi cintura. Aquella, la melancolía, se recoge en las comisuras de tus labios cuando te miro. 
    Las gotas en el techo. Y en tu cara. Arrítmicas, húmedas, se desplazan por la piel tiesa, contraída. La gravedad antojadiza arrastra las lágrimas que van derramándose en el pecho abierto, en el lecho oscuro, en el techo frío.
    Despertará el algodón las penas que se anidaron alguna vez en nuestras venas vivas. La sombra las sosegará. Y el río que formaron las gotas detrás de la ventana y en el valle de tus mejillas se llevará con la corriente el clamor, la vigencia, la intermitencia. Quedará el resabio de algo que palpitó aquí dentro, que rugió allí fuera, que sedujo a las almas hacia la ardiente corriente del carmín deseo.
    Humedad, ecos, respiraciones suaves. Entre los hilos y la noche te cubren mis brazos, tus cabellos alborotados se enredan entre las constelaciones y en el rincón más remoto desfilan nuestras figuras barnizadas por el fulgor del firmamento. La lluvia, que afuera calma y adentro abruma, se va escurriendo por los bordes plateados de tu cara adormecida. Calla el piso, florecido en prendas arrimadas azarosamente, y calla el techo, desflorado por el rocío matinal. Testigos anónimos de una escena que se desordena, se tergiversa, se desvela y se confunde con el clamor de las cuatro paredes oscuras,
    En mis huesos la melancolía. Y en mis venas el recuerdo de esa lluvia que cesó y la vorágine que se quedó en tu rostro somnoliento y se fue con las lágrimas. 
    En el piso las ropas amontonadas y la piel tiesa, cristalina, de un brazo que deja resbalar la desnudez que alguna vez fue cuerpos y agua. El despojo. La melancolía. Y el aguardiente que tiñe mi pecho oscuro, que moja las sábanas frías, que quema el techo abierto.