¿Por qué no podemos reducir nuestra vida a la simplicidad de una hormiga?

¿Por qué no podemos reducir nuestra vida a la simplicidad de una hormiga? No podemos escapar de las complicaciones, es más, las perseguimos ansiosamente. Ellas (las hormigas, por supuesto) son esenciales y sabias, saben organizarse en sociedad, hasta existe una especialización propia para la división del trabajo dentro y fuera del hormiguero. No sabemos cómo logran ese equilibrio, esa inteligencia imponente dentro de esa cabeza diminuta, sin olvidarse de cumplir con la solidaridad y el compañerismo.
Y nosotros...somos complejos, ¿en función de qué beneficio? Porque podemos razonar y eso nos hace superiores, me dirán algunos; porque podemos amar, sentir y expresarnos, porque podemos decidir por nosotros mismos. Todas esas son las respuestas que escuchamos continuamente, que nos enseñan desde la infancia, pero si razonamos un poco nos damos cuenta de que esa grandeza no es necesaria si faltan primero otros principios. ¿A dónde vamos con esa complejidad, que nos lleva a ser calculadores y frívolos, a perseguir la ganancia económica dejando enterrados los valores de la compasión y el amor a la unidad fraterna? Sobreponer el éxito profesional al sentimental, llegando a la conclusión que el empresario millonario de zona norte es más valioso y  respetado que algún obrero de familia humilde que su única ganancia es el amor de su prole. Tanta razón, inteligencia y "superioridad" nos aturden en la megalomanía de nuestro ego y nos alejan de lo esencial, de lo carnal y verdadero.
¿Cómo es que me atrevo a compararnos con tan insignificante ser como las hormigas? Es porque ellas, siendo tan poca cosa, tienen un comportamiento admirable, una organización comparable a la nuestra, respetando el ciclo de la vida, al planeta y a sus pares. Nada de ellas afecta a la naturaleza, más que la destrucción de alguna flor que quedaba bonita en nuestro jardín. Después, ya nada molesta. La sabia naturaleza mantiene un equilibrio perfecto que nosotros no supimos aprovechar y con el cual nuestra ambición necesitó romper...
Esa razón, ese poder de libre decisión sobre nuestras vidas, nos sirvió para elegir alejarnos de ella y destruirla poco a poco, a medida que nuestro ego nos iba engañando que éramos superiores, y los seres más evolucionados del universo. Por eso, creímos que teníamos libre albedrío para hacer lo que se nos diera la gana con toda esa creación perfectamente ideada.
Es el día de hoy que, por más que algunos de esos conceptos ególatras hayan cambiado, nos mantenemos lejos de todo eso que nos parece extraño, y estamos convencidos de haber evolucionado, cuando en realidad lo único que hacemos es seguir engañándonos absurdamente.

Comentarios

  1. Sin duda, si.

    Yo creo que los insignificantes, en verdad, somos nosotros. El ego del humano -somos unos bichitos bastante equivocados- destruye todo lo que toca, incluso su propia carne.

    Saluditos.

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